EL LIBRO MAGICO...





Hay muchos libros mágicos... más de los que podéis imaginar, tan sólo debéis identificarlos y, sobre todo, aprovecharlos. Todos esos libros están a la espera... a la espera de niños que se zambullan entre sus páginas y aprendan a imaginar...

Imagino vuestra cara de pregunta... "Javier, ¿de qué estás hablando esta vez?". No os impacientéis... lo vais a entender en unos segundos.

Yo empecé a leer desde muy, muy pequeño. Me fascinaban las palabras. El que alguien fuese capaz de plasmar imágenes en mi mente por el sólo hecho de juntar frases. Aunque nunca me lo planteaba, sabía que las preguntas se sucedían dentro de mi: "¿podré hacer eso algún día? ¿Dónde está la magia de los cuentos? ¿Qué hay que hacer para ser un mago de la fantasía?". Mientras tanto leía y leía...  porque dentro de las páginas estaba el mundo que iría construyendo día a día, poco a poco...  Conforme pasaban los años las historias de princesas y dragones se convertían en pandillas que se metían en mil aventuras, en señoras mayores e inspectores belgas que desenmarañaban crímenes apasionantes en la campiña inglesa. Leía y leía... Escribía y escribía... Soñaba y soñaba...  y, sobre todo, pensaba que algún día pasaría ese legado a mis futuros hijos, hijos que aprenderían a vivir la fantasía, a crean sus propios mundos, a beber de la fuente de la sensibilidad. Hijos que no tendrían miedo de sentir, de aceptar con naturalidad el amor, fuese como fuese. Hijos que abrazarían libremente por el mero hecho de hacerlo, que darían besos sin importarles la cantidad... que dirían "te quiero" porque sí, porque sería lo que sienten, sería una necesidad constante de demostrar sus emociones. Soñé con hijos que me verían como otro niño, un niño que se negó a crecer, un niño que entendería su lenguaje, que se asombraría con sus sorpresas, que viviría su infancia como si fuese la mía. Y crecí alrededor de niños... Crecí alrededor de mis primos, de mi hermano. Sobreviví a la infancia con temor, con inseguridad. Intentando esquivar todas las piedras que me lanzaban (a veces literalmente) por el mero hecho de ser yo, de quedarme ensimismado con un árbol  y no querer destrozar sus ramas, de mirar una lagartija y no tener deseos de arrancarle la cola, de coger una pelota de fútbol en mi mano y pensar que era un meteorito recién llegado de un planeta muy lejano...  Imaginé una familia de película de los sábados por la tarde con el pack completo: mujer rubia con ojos azules, dos hijos, chalet con jardín, perro adorable y coche súper grande para los miles de picnics que haríamos en los parques americanos que tanto me gustaban, porque todo en América era maravilloso, todo en América olía a felicidad y yo lo quería. Crecí queriendo ser feliz. Crecí con la idea de arreglar en mi aquel desastre en el que se habían metido mis padres, ese amor que supuestamente murió el mismo día de su boda o eso me contaban. Viví obligado a creerme que ese sería mi futuro, enamorándome de chicas que me mandaban cartas que olían a perfume adolescente, cartas que venían siempre de otras ciudades, porque siempre eran chicas que vivían en reinos lejanos, chicas a las que yo ponía una historia, a las que llenaba de romanticismo y finales felices. No os podéis imaginar lo feliz que me hacía bajar al buzón y encontrar la carta de la que fue mi primera novia. Siempre la cogías con mucho amor, la olías, sonreías y comprobabas que era gruesa, que prometía tres o cuatro páginas ESCRITAS POR LAS DOS CARAS ( y es que esto era el colmo del amor) y subías corriendo a casa, te metías en la  habitación y devorabas cada frase entre suspiros y pinceladas de futuro en tu mente. Pero eras joven. Eras un niño por más que tuvieses 17 años. Te habían puesto en un camino, un camino que aceptabas porque sí, porque el otro camino era oscuro, estaba lleno de monstruos y viejas con escoba que te seguirían hasta acabar contigo. Amabas. Eras romántico. Muy romántico... hasta que un buen día te das cuenta de que todas las piedras que te han tirado, lo único que han conseguido es aturdirte. Que esas piedras te han hecho olvidar lo que eres realmente. Que están cargadas de miedo, de terror hacia amar de verdad. Que esas piedras llevan escritas la realidad y tan sólo tienes que leerlas. Que las has ido guardando en una mochila año tras año y que un día te das cuenta de que no puedes más, que tan sólo te queda deshacerte de ella o hundirte en el lodo. Porque un buen día se cruzan unos ojos en tu camino y sabes que ese es tu hogar. Que son unos ojos que reflejan todo aquello que imaginaste en el pasado, que equivocaste la forma, que el camino lleno de piedras tenía un desvío limpio, claro, lleno de luz y entiendes que entre otras cosas te llamaron "desviado" y que eso no es malo, que aceptar ese desvío significa aceptar el amor, ser por fin tú. Dejar a las princesas lejanas en sus castillos de cristal. Darles las gracias por haberte concedido el deseo del futuro. Y, aunque ese nuevo camino se antoja limpio, está lleno de sombras, sombras que acechan para hacerte caer, pero sabes que al final hay una ladera, una ladera repleta de cascadas, de arco iris, de luz... Que al final te esperan esos ojos que tanto imaginaste, ese amor sobre el que tanto escribiste... que te espera aquel que llamarás hogar... Yo, os diré, que lo encontré... después de muchos años lo encontré y con sus silencios me lo dice todo, con su vida me da las fuerzas para seguir aquí... Así que, si me lo permitís, dejemos etiquetas, dejemos de opinar sobre aquello que no pide nuestras opiniones y permitamos amar, amar sin medida, amar a quien sea y como sea... respetar, respetar ese sentimiento que tan sólo produce cosas buenas... dejemos que nuestros hijos vivan felizmente, que no repriman su mirada, que no guarden sus caricias, que no teman decir "te quiero"....

Y, como siempre, me he ido por las ramas, esas en las que viví tanto durante mi infancia. Hablaba de pasar mi legado a esos hijos que nunca tuve, que nunca tendré.... Pero tengo la suerte de tener sobrinos y, en especial, esos mellizos que me vuelven loco, esos que aunque no son mi sangre, tienen el adn de mi amor, de mis caricias, de mis suspiros, de esa infancia que se me regaló y que pude cuidar. Y ellos creen que soy un mago. Están convencidos de que hago magia, de que vengo de algún sito donde tan sólo hay luz. Y sé que mi legado, mi humilde legado, se lo tengo que pasar a ellos... Y ese legado es el secreto de la imaginación. Les imagino un día escribiendo historias, regalando vida a otros niños... y todo empieza leyendo... Todo empieza con unas frases que les cautivan, que les hacen sentir... y he encontrado la forma.. les he pasado el libro mágico, ese libro que les hace partícipe de las historias y sé que puedo haber encontrado la formula de la ilusión. 

Me encantaría contaros el secreto, la forma de hacer que vuestros hijos, sobrinos, nietos, primos... empiecen a leer, porque de esa forma serán los partícipes de un mundo maravilloso... Me encantaría saber si lo queréis... Tan sólo decídmelo... tan sólo dadme la llave y en mi siguiente entrada os hablaré de mi idea, de lo que una noche estrellada me contó la luna.... 

¿Queréis ser partícipes del secreto? Lo guardo para todos y todas...

Mientras tanto... seguid soñando...

Comentarios

  1. Hola Javier...
    Pues aquí sigo, esperando con unas ganas enormes a que nos reveles el secreto...!!!
    ¿Lo harás?
    Un abrazo

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