CASTILLOS EN EL CIELO...



Hoy es de esos días en los que las lágrimas que suponían aquel final, me han dicho que había pasado. Era un presentimiento. Un silencio que hablaba de ausencia. Una ausencia elegida. Una lejanía obligada que nada ni nadie podía romper... Hoy es de esos días en los que el alma no se rompe en mil pedazos, porque es tan grande que se llena de aquella que hace tiempo que decidió marcharse... en silencio... siempre en silencio...

Debería irme muchos años atrás. Muchos. Tantos que la memoria se me vuelve tonta. Me marcho a una adolescencia en la que tan sólo soñaba con plasmar mundos, sensaciones, sentimientos... años en los que sentía que no valía, que era imposible, que nunca llegaría a nada...  Debería irme a aquel momento en el que quise tirar todo por la borda, esa borda de barcos imaginados, esos que ya no volvería a escribir. Vuelvo a verme en el banco de un parque, de noche, llorando, sabiendo que no puede ser, que el futuro no me espera cargado de páginas, de miradas sonrientes, de bocas ávidas de mis letras...  Porque ese es el pasado de aquel que no sabe lo que quiere... ese es el pasado de aquel que tiene claro lo que quiere pero que sabe que no debe de quererlo...  Poemas quemados. Historias sin sentido. Párrafos inconclusos... Hojas en blanco repletas de historias.  Y vuelvo a aquellos años en los que aparece él. Leyó lo que escribía y puso cara de sorpresa. Una sorpresa nada calculada. Una sorpresa de las que te hacen entornar la mirada y pensar que algo se te escapa. Él venía de una ciudad mucho más grande que la tuya, de esa que presumía de mar y un Colón que señalaba a las Américas. Se había ido a trabajar allí, porque en su Zaragoza natal no había nada por el momento. Y yo me crucé con mis poemas, mis pinturas y mis libros sin sentido. Y él los leyó todos, leyó incluso aquello que ni siquiera estaba escrito y me entendió. Supo quién era yo. Me intentó enseñar un camino que se me antojaba imposible. Un camino que se me asustaba por su belleza y su peligro. "Escribe Javier, no dejes de escribir..." Y yo escribía. No dejaba de escribir. Y yo me rebelaba. Me decía a mi mismo que todo era una mentira. Que mi vida no estaba hecha para esto. Que me engañaba. Que en Zaragoza tan sólo debía de estudiar "Informática e Inglés" porqué "con eso llegarás a cualquier parte". Y lo hice. Y llegué a cualquier parte. Pero esas partes no eran las que yo quería. Esas partes te daban para vivir, pero no vivías... dejabas pasar el tiempo y el tiempo se comía tus sueños. 

Pero yo seguía escribiendo. Escondiéndome de mi mismo. Hacía historias. Casi entre sueños. Me marché de Zaragoza y él se quedó allí. Mi mentor, mi profesor, aquel que me enseñó lo que era de verdad la vida y me dio más de lo que nadie me daba en aquellos momentos. Se quedó allí y yo volé a otras ciudades. Me busqué. No me encontré y seguí buscando. Pero él se aisló. Decidió que su vida tenía que ser así y yo lo respeté, aunque siempre sabía que cada palabra que componía tenía su sello y que algún día le demostraría que tenía razón... que siempre había tenido razón.

Intenté recuperar su existencia durante años y en algún momento lo conseguí, pero duró lo que dura un suspiro, porque decidió recluirse de nuevo en su soledad. La necesitaba. La adoraba. Creo, incluso, que la odiaba. Y desapareció de nuevo. Y yo seguí creando. Seguí creyendo. Y llegó mi obra. Mi obra definitiva. Mi vida en sueños. "Dime Que No Estoy Dormido" se presentó en Madrid... se presentará en Valencia... y luego en Zaragoza, mi tierra. Será el último lugar, porque es el más importante, el que me hizo crecer y creer. Y quería que él estuviese allí. Porque me creó. De alguna manera lo hizo. Porque tuve el honor de cruzarme en su camino y me reconoció. Me puse a buscarlo de nuevo. Y hoy conseguí una rama de su árbol. Esa que antaño me puso de nuevo en contacto. Lo había conseguido. Estaría allí y sentiría el orgullo del pasado.... Pero incluso antes de que me lo dijesen, yo ya lo sabía... Se había marchado... Esta vez para siempre. Se había recluido a un mundo en el que el corazón deja de latir y la vida desaparece de repente. Se había marchado en silencio sin decir nada a nadie. Y de alguna manera yo ya lo sabía y me he quedado mirando la pantalla que me gritaban aquellas palabras en pequeñito. Y esas lágrimas han empezado a destilar recuerdos. Castillos entre hojas de viento. Montañas envueltas entre susurros de Mozart. Las lágrimas que han dicho adiós...  y han buscado el lugar donde puede que se encuentre. He pensado que he llegado tarde. Que llegué tarde hace años cuando decidió retirarse a su silencio. No lo sé... puede que se haya reencarnado en palabras...esas que me fluyen sin saber cómo, esas que se convierten en mi propia esquizofrenia literaria... puede que ahora mismo sea una vía a su inspiración y que mis dedos destilen aquellos suspiros que igual no tuvo valor de plasmar... Si es así, entonces leerá todo lo que digo, porque lo escribe a la vez que yo y sabrá que le doy las gracias, las gracias por las palabras, por los momentos, por las lágrimas... le doy las gracias por obligarme a mejorar, por animarme a quererme... Le doy las gracias por cruzarse en mi camino y sentir que tenía que pararse en mi vida unos instantes...

Se ha marchado.. Se marchó... y no dijo adiós... porque era así... siempre le gustó su independencia y no lo imagino de otra manera....  Hasta siempre compañero... hasta siempre amigo... hasta siempre maestro...

Seguirás viviendo entre mis dedos y las grietas de mi alma...


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